El problema familiar

La primera vez que me dio Covid-19 fue la mañana después de que Daniel, mi vecino, cruzó la calle para venir a mi casa. Era el 23 de marzo y la cuarentena había empezado dos días antes. Daniel se fue y al otro día me levanté con Covid: dolor de garganta, una tos a las nueve de la mañana y un estornudo como a eso de las dos de la tarde.
          La segunda vez que me dio Covid fue a la salida del mercado. Era la primera vez que salía después de dos semanas de encierro y llevaba puestos unos guantes de látex y un tapabocas. Cuando me quité los guantes, me eché desinfectante en las manos y me rasqué el ojo derecho. Estoy segura que no usé bien el desinfectante y tocarme el ojo fue lo que hizo que el virus llegara hasta mis pulmones mientras caminaba por la séptima.
          La tercera —y, por el momento, última vez que me dio Covid— fue dentro de un taxi en la sexta semana de la cuarentena. Ese día me había puesto cita con mi mamá en el mercado. Era la primera vez que nos veíamos en un mes y medio y, mientras caminaba a nuestro encuentro, me fui fabricado escenas de cómo nos íbamos a saludar. Me imaginé un abrazo casi mítico de varios minutos; toda la cuadra se daría cuenta de la felicidad extrema que nos daba vernos. Pero la realidad fue otra: el codo de mi mamá y la punta de su pie.
          Ese día paseamos por el pasillo de verduras varias veces y discutimos largo sobre cuales bolsas de basura llevar. Estaba lloviendo cuando salimos y mi mamá insistió en pedirme un taxi. Le dije que ok, que bueno, que tengo nervios pero que no quiero que me dé gripa si me moja la lluvia. Gripa, Covid. Igual algo me iba a dar.
          El taxista me recibió con desinfectante. Me aseguró que acaba de limpiar la silla de atrás, donde iba sentada con el tarro de alcohol que llevaba a su lado. Esa tarde estuve botada en mi sofá con síntomas de Covid que iban y venían —nunca tuve fiebre, y creo que tos tampoco, pero sufrí del síntoma de la certeza de que el virus había entrado en mi cuerpo—.
          Heredé la hipocondria de la familia de mi papá, a quién también le ha dado Covid un par de veces a pesar de no haber salido de su casa por cuarenta días seguidos. A mi abuelo no le ha dado el virus, pero una vez tuvo que correr a urgencias por un paro cardíaco que era fulminante, inminente y finalmente causado por algo que había comido unas horas antes y le había dado dolor de barriga. Su esposa una vez “casi se muere” por un problema gravísimo de corazón que terminó siendo un nudo muscular en el cuello. Mi tía sufre tanto de gastritis que es mixóloga profesional de fármacos, una habilidad que no sé si le ha mejorado o empeorado su problema del colon.
          A todos nos han dado enfermedades mortales y, aunque no hay médicos en mi familia, todos conocemos a alguien que nos aseguró que lo mejor para eso era tal y tal. «Igual tengo el número de otro especialista por si lo necesitas», diría alguno por el chat familiar.
          No sé si el nerviosismo de salud se hereda directamente por el ADN o si es un comportamiento aprendido. En ambos casos creo que el nuestro empezó con Bodok, el abuelo de mi papá que emigró a Colombia en 1938.
          Emigrar al trópico fue difícil. Bodok siempre extrañó las calles y el clima de Viena, la comida austríaca y la normalidad de su vida antes de la guerra. Vivió el resto de sus días con 1 mentalidad de inmigrante, siempre en alerta roja y obsesionado con la fragilidad de la vida. Le heredó a su hijo la preocupación por las guerras, lo cambios súbitos y sobretodo, por la enfermedad. Ese hijo se acopló más al trópico —aunque jamás perdió su acento Alemán—, pero también le heredó la eterna intranquilidad a su hijo, que sin problema se la pasó a su hija que ahora vive pensando que tiene Covid todos los días.

Ojalá sea un error 

A mi papá le encanta un chiste:
What does a hypochondriac’s tombstone say?
                                                                                                      I Told You So.

El chiste está en inglés, pero su miedo, en español.
A mi papá le gusta tener la razón en español y en inglés,
y así se lo heredé.
Y así se lo heredó él a su papá a quien además le gusta tener la razón también en alemán:
                                                                                                    Ich habe es dir gesagt. 

Yo no hablo ese idioma
pero entiendo el chiste de la tumba
porque después de tanto preocuparnos por cada minúsculo dolor que nos aflige
                                                                                                  Sería trágico, 
                                                                                                  aunque tanto nos gusta,                                                                                                                              que al final tuviésemos la razón.

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