La horma de zapatos

Horma de zapatos

 

En mi casa hay una horma que es un recuerdo: habla de lo que ya no está. Es un molde para hacer zapatos y como todo molde, sirve para llenar un vacío y también para dejar un vacío. La tengo en mi casa porque yo no tengo adornos sino recuerdos; las cosas sirven para decorar y recordar. 

La horma de zapatos está hecha de madera y de curvas. La madera habla de lo duro que puede amasarse como si fuera blando, y las curvas son segmentos de círculo que hablan del compás —que sirve para trazar círculos—, y yo pienso en uno enorme e imposible que pueda haberlos trazado. Si la horma está al lado de mi pie, se convierte en un boceto de mi pie, sin dedos ni pierna. Es de mi talla. Llega hasta donde en el mío empieza el tobillo, y el frente, en donde tengo los dedos, se resume en una curva. Tantas curvas sugieren que la horma está hecha para las manos aunque tenga la forma de un pie. Yo he cogido pies con la mano —y los recuerdo—, pero nunca igual a como cojo la horma: al estar desprovista de pierna y de huesos, puedo voltearla y cogerla desde cualquier ángulo y en cualquier sentido. 

            La alzo desde la punta y se acopla a mi mano, que se convierte en cuenco para recoger agua. La alzo desde atrás y también se acopla, pero la mano queda más abierta, así que el cuenco dejaría escurrir el agua. La tomo desde arriba y, si juntara la otra mano, se convertiría en una ocarina para silbar con el viento de la boca. La horma habla del viento y del agua, y por eso, si la miro de lado, veo que crece y se empina, como se empinan los empeines y las velas de los veleros en la línea del horizonte.                                 

La curva que toca el piso es una bóveda, una catenaria invertida, que como los puentes une y se resiste a la gravedad. Imita la del pie, que recibe el peso de las piernas y los huesos y los músculos y la grasa y la sangre, y también el de la cabeza y el de los recuerdos, que pesan más que la carne y aun más si son de la muerte. La horma hace el zapato, que une el piso con el pie y con la cabeza; casa al cielo con la tierra y a los vivos con los muertos.

En la madera tiene manchas y cicatrices que recuerdan que la ha cubierto el cuero de animales muertos, y yo no sé si las manchas sean de pegante o de sangre. El pie tiene cuero propio con callos y padrastros, y por eso busca el abrigo —otro cuero— en los zapatos. La horma es molde que le da forma al cuero, a la muerte, y después deja el vacío que yo lleno con mi vida: ando con zapatos, escribo con zapatos, recuerdo con zapatos. 

La horma no es el pie y no es el zapato, pero sin pie y sin zapato no existe la horma; el recuerdo de mi padre no es su carne y no soy yo, pero si no hubiera existido él no existiría ni yo ni su recuerdo. El recuerdo es un vacío. 

Él no hacía zapatos, pero sí lo recuerdo navegando y sin zapatos. La horma es la noticia de que puedo encontrarlo en un velero, y de que para verlo no necesito zapatos.

 



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