Confesión de un amor dudoso

Confesión de un amor dudoso
Andrés Ardila


En estos días tuve una bella revelación. Escribir me ha hecho ser más lector porque descubro lo que desearía escribir, y así entiendo lo que sí quiero o lo que no. Toda mi vida he tratado de entender qué quiero ; ha sido una búsqueda entre infinitas posibilidades. Para escribir me pongo a investigar, que al final es conocer lo que deseo. Escribir es una forma de construir mi actuar. Escribir para poder leer.
  El problema entonces siempre es el tiempo. Tenerlo para hacer mi tarea, o conseguirlo, comprarlo ;pelearse entre responsabilidades, los trastes, el dinero o mi ropa sucia. Sentarse a pensar, a ordenar las palabras y esperar que no muera la emoción que siento en ellas, o dejarme llevar por la pereza y descubrir en alguna imagen de la vida diaria la conexión con mi otra vida.


 Recuerdo con nostalgia ver en mi adolescencia The sound of music (Robert Wise, 1965) que comienza con Julie Andrews cantando al paisaje de postal austriaco. Al llegar la cámara a ella, la vemos con una felicidad que se le escapa por loa poros. Hay algo que busca, y camina o corre por las montañas para buscarlo. En la película María, la novicia rebelde, le llevaba  felicidad y música al capitán Von trapp y sus hijos, y luego tiene que huir de la Austria ocupada por los nazis.
  Se hace curioso que un niño de doce años viera, enfermo de amigdalitis, la película una y otra vez en un rincón de la fría Bogotá. Al lado de su conjunto de apartamentos grises rodeados de breve naturaleza se observaba imponente una fábrica de grasa para jabón que todos los viernes libera sus gases. ¿A qué huele la fábrica? a un conjunto de sensaciones horribles. Esa fábrica aún sigue ahí.
  Cuando tenía esa edad, él vivía el deseo a escondidas, sintiendo por entre las puertas que era prohibido o vigilado. Que era algo negativo. No recuerdo qué palabra o forma o mensaje se lo hizo pensar, y de repente hace absurdo buscar la razón, como si culpar un recuerdo cambiará algo. Cuando veo al Andrés de antes no creo que haya sido más feliz después que cuando hacía cariños con sus amiguitos de pequeño. Era un sueño despierto, ser el esposo o esposa ; ser el muñeco de un juego nuevo. 
  Vivíamos en esas pequeñas paredes el calor sincero y silencioso que haría falta cuando saliéramos al frío de la lluvia.  La ventana se empañaba y la habitación se cubría con el amarillo leve del bombillo incandecente. Los cuerpos se hacían uno o dos o varios mientras siempre existía la posibilidad del descubrimiento, la incertidumbre más grande, la de dejar salir el aire caliente que se hacía etéreo, flotando entre nosotros.
  Se hace fácil recordar la puerta de madera que tenía el cuarto y el ritual que hacíamos dejando toda la ropa lista para cuando nos tocara vestirnos de prisa. Había algo de teatral y de juego en ese experimento. Como un telón que aun no abre y uno espera que haya un público en los asientos viendo atento, enamorado de la imagen suculenta que sentía. No sé hasta qué punto en mi puerta se olía el secreto o la verdad era yo un joven paranoico. Esa puerta sigue en el apartamento.
  Encontré con el tiempo en las puertas quizás el más grande placer, lo que no se dice y se deja dentro, y lo que imagino estar del otro lado. Mis emociones como las puertas de un mundo secreto, de acumulación del calor, flotando por ahí, dejarme caer ahí, seguir, proseguir, parar, ponerme la ropa, sonreir y cantar.
  En ese pequeño acto de ponerme de nuevo la fachada de la actuación se encierra todo un universo de pasiones desbocadas y nunca dichas, postergadas a la complicidad del diario, del poemita o del oido de un amigo, el que escuche atento y caiga en las redes de mi juego emocional. No porque crea que todo esto es irreal, sino porque es lo más verdadero de mi mismo.
  Quizás ese toqueteo juvenil se parezca al juego de un niño bogotano viendo a Julie Andrews sonreir una vez más, mientras de cerca están los nazis vigilando a la familia Von Trapp. Salvarlos a todos con una sonrisa. Salvarlos al regresar la película y escuchar de nuevo el sonido de la música.


Mi casa es lo más hondo en mi pecho


Siento que me quemo por dentro.
El fuego va desde el abdomen hacia arriba
en explosión por el pecho y saliva en la cabeza
hacia abajo, en desgaste y aire caliente.


Siento el ardor de un movimiento
que da vueltas en lo más profundo
El corazón que se esfuma
y la espina se tuerce


El viaje se detiene
un vaivén,
                 como el mar salado
y la última luz
se pierde ante mi


En lo más oscuro
dos manos se tocan.
Se abrazan muy largo.


Dentro de ellas
una casa con ventanas.
Yo miro hacia afuera

y él entra.

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