La casa y Elsa
La casa y Elsa
Me encargaron una casa. Yo no conocía a la clienta y cuando ella me la encargó tuve que conocerla. Se llama Elsa. Me pidió que le hiciera el lugar en el que moriría, porque dijo que esta sería su última mudanza. Yo soy arquitecto y nunca había hecho una casa.
Veo la casa desde arriba, en los planos, y no es más que un polígono alargado; un rectángulo que, para acomodarse en la montaña, tiene seis vértices y no cuatro; es un rectángulo quebrado. Yo tracé la línea. La dibujé gruesa y en el papel, y las curvas de la montaña dirigieron el trazo. Para hacer una casa en la pendiente hay que excavar y aplanar, y la casa no intenta camuflarse en la montaña sino construirla. Son lo mismo: la casa es topografía. A mí me gustan los rectángulos quebrados y a Elsa no le importan las figuras.
La línea gruesa es límite: es muro y es muralla. Como muro separa y sostiene; es estructura que permite el techo y que hace espacio. Como muralla es entrada y es salida, define el adentro y el afuera; envuelve. «Adentro» no siempre está techado y «afuera» no siempre llueve. Dentro de la muralla hay dos cuadrados descubiertos, que son los patios de la casa; se abren al cielo. Uno está a la entrada: es umbral con el exterior y tiene una pileta que recoge el agua y recuerda que adentro puede llover; es gotera. El otro está en la mitad del rectángulo, envuelto en la muralla, y separa los espacios cubiertos; es bocado. Elsa dijo que no le gustaba mojarse y yo le dije que podía mirar el cielo y contar los días.
El patio que está en el medio tiene en uno de los lados un vano sin vidrio. Es un patio que es jardín y es un jardín con ventana. Es mediador entre lo que está cubierto —que es refugio— y el paisaje —que es el mundo—. El paisaje y el jardín están en tensión. El paisaje en la ventana es el deseo de disponer del mundo; ser Adán en El Edén y no tener que cuidar. En cambio, el jardín es el recuerdo de que el tiempo y la muerte son una amenaza; es la vida terrenal, fuera del Paraíso: el mundo que necesita dedicación para ser habitable. Por la ventana del jardín dialogan la ambición de poseer y la limitación que pone el cuidado. Ella, Elsa, me dijo que quería vivir de cultivar y yo le dije que el cultivo necesitaba que ella viviera.
Estoy en la casa y por las ventanas entra la luz de la tarde, la del oriente. Se forman sombras. El tiempo es el de la casa, que ya no se mide en horas sino en la figura de los cuadrados que se estiran en el piso: entre más largos más tarde, más cerca la noche.
La casa es parte del paisaje y oculta un interior. Muestra y oculta: es una máscara.
¿Qué cara conocí de Elsa? ¿Qué cara le mostré?
Tiene, como toda máscara, una faz que se exhibe y otra faz que está hacia el rostro cubierto, desde donde se ve. La que da al exterior es de ladrillo blanco y burdo, y por ser rugoso hace sombra entre las juntas, como las arrugas de una mujer que lleva ya tiempo en el mundo. La que da al interior es pulida y es la de una joven que repite los rituales que no se muestran: el baño, el trabajo, el sueño, la cocina y el amor. La cara exterior de la máscara dialoga con los vecinos, que llevan allí más de cien años. Por ser un prisma simple, abstracto y de pocas aperturas, se confunde y engaña; se cumple como máscara. Es, la casa, una joven que aparenta ser anciana. Es una anciana recién nacida. Yo todavía no sé cuánto le falta a Elsa para morir.
Con la máscara uno decide qué deja ver y también qué quiere ver. Por eso suele tener tres huecos: dos para los ojos y uno para la boca. Por los huecos de los ojos se mira y se apropia, y por el de la boca se comunica y se cruza. La casa tiene once huecos: nueve ventanas que son ojos y dos puertas que son bocas.
Me detengo en las ventanas, todas cuadradas y de tamaños diferentes. Siete tienen el marco y el vidrio a ras de la cara interior: desde afuera son ojos profundos, de sombras que son ojeras, y desde adentro comparten el plano del muro: no hay alféizar. Hay dos ventanas que pertenecen a la cara exterior: adentro el alféizar abre campo para sentarse. El muro es espacio y el marco de la ventana desaparece para traer adentro el exterior; solo se ve paisaje. Yo le hablaba a Elsa de la muerte y ella me hablaba de la vida. La máscara engaña en ambos sentidos.
Veo la casa desde abajo y es corona en la montaña. Brilla con el sol. Adentro Elsa duerme y come y se limpia; espera a que llegue la muerte. Mira y cuida. Ve el cielo y ve el horizonte. Se moja y se resguarda. Todo pasa en un rectángulo. Un rectángulo que yo dibujé y en el que nunca voy a dormir, ni a comer, ni a limpiarme. Cuando yo hice su casa ¿preparé su muerte o preparé la mía?, ¿hice su mundo o hice el mío? En la casa construida veo solo defectos, y en la casa escrita los defectos desaparecen: no sé cómo se escriben.




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