Perdí un anillo
La alfombra es abullonada y está llena de hilachas plateadas. Tiene desde cabuyas gruesas como dedos hasta hilos de nylon que casi no se ven. Es eso lo que la hace cómoda para andar descalzo y es también eso lo que la convierte en un territorio de cosas perdidas. Se me cayó un anillo. Cuando me lo iba a poner se me resbaló y yo no lo oí porque sobre las alfombras no se oyen las cosas al caer. No suelo decorarme mucho. Me pongo un anillo o una cadena para salir de fiesta o para eventos concurridos en los que quiero seducir a alguien. Y con seducir no me refiero a que quiera siempre follar, sino que quiero que mi cuerpo sobresalga y se quede en la memoria de otros. Hoy me lo quiero poner porque tengo una entrevista de trabajo. La primera de mi vida; nunca he tenido jefe.
Vivo frente a una vía larga pero no muy ancha que atraviesa toda la ciudad y bordea la montaña. De ella se desprenden trama y urdimbre y se tejen rectángulos que casi siempre miden ciento cincuenta por cien metros. Es aburrido pero es fácil. Uno sabe que la cien queda más allá de la noventa y dos, y que la ciento ochenta y cuatro queda en el otro extremo de la calle dos. Aunque más allá de la calle uno —en donde en la recta numérica estarían los negativos— también hay ciudad, pero eso es otro tema.
Para vivir acá toca saber contar mínimo hasta doscientos.
Voy caminando a todas partes. No me gusta el bus y no sé manejar. Por épocas, cuando estoy solo y no tengo a nadie en la mente, me muevo en línea recta y en diagonal, porque la diagonal es la ruta más corta entre dos puntos. Hago equis que tachan los rectángulos a los que les dicen cuadras. Últimamente camino diferente y por eso he llegado tarde a las fiestas, a las comidas, a las reuniones, a los cafés y a las casas de los amigos. Llevo dos meses descubriendo y repasando en la ciudad las líneas que dibuja otro. No conozco su casa y honestamente no estoy seguro de saber cuál es su edificio, pero sé dónde queda. Sé el número que bautiza su calle y sé que su edificio queda en el costado de arriba de esa calle, al oriente. Lo sé porque una vez me mandó una foto y vi cómo entraba el sol directo por la ventana. En el oriente quedan las montañas y en esta ciudad le decimos «arriba» a esa dirección.
Con esos datos tengo; para mí es más importante saber dónde y no cuándo.
Me agacho y empiezo a tocar la alfombra cerca de la mesa en donde pongo los tres anillos que tengo, el computador y las gotas homeopáticas. Nada. La alfombra es tan gruesa y cubre tanta área que si quisiera buscar el anillo, como un ciego, con las manos y arrodillado, me demoraría más de dos horas y perdería la entrevista. Veo la vastedad de posibilidades y pienso que nunca voy a encontrarlo. Pienso en que podría aspirar y buscarlo después en el filtro junto a motas y polvo, pero no quiero oír la aspiradora; pienso que podría no ponerme anillo y así dejar que el hallazgo me sorprendiera otro día, pero lo quiero hoy; pienso que podría ponerme otro, pero a mí no me gusta cambiar de idea tan fácil. Entonces recuerdo la técnica que utilizaba cuando niño para encontrar Legos: se toma una pieza similar a la que se busca, se deja caer desde una altura similar a la de donde se sospecha que se cayó la perdida y se observa con atención la manera en la que rebota, se mueve e intenta camuflarse sobre el fondo —en este caso sobre la trama y la urdimbre de la alfombra—. Automáticamente saltan a la vista la pieza perdida y todo lo que se le parece. Es una técnica que usan los micólogos.
La casa de él es un punto en una calle que tiene muchos urapanes y que queda cerca de la mía. Su oficina es un punto en un barrio húmedo, arriba y al sur, en donde, por las arrugas de la montaña, quienes planearon la ciudad no pudieron seguir trazando rectángulos. Si uno mira un plano esa zona parece descosida, como si se hubieran enredado las hebras en una puntilla. He pasado mi ultimo mes en el área que hay entre esos dos puntos. Como no tengo jefe, voy todos los días a una oficina alquilada que queda en la mitad del recorrido que hay entre su casa y su trabajo, y como doy charlas en una universidad tengo que ir con frecuencia al centro, a un punto en la Calle Dos, más allá de su trabajo.
Como yo voy más allá, más lejos, mi recorrido contiene el de él.
Nosotros hablamos por lo general por teléfono y por las mañanas, mientras él va al trabajo y yo estoy cocinándome el desayuno. Por eso sé que sale de la casa, le dice adiós al portero —Alcibíades o Misael—, gira a la izquierda, llega a la esquina que es donde venden aguacates, gira a la derecha y camina recto por esa vía hasta llegar a la Carrera Once —que es otra vía larga y es paralela a la que pasa frente a mi casa— en donde coge el bus C13. Ese bus, azul, va sin cruzar hasta que la Once forma una cruz con una vía principal que es ancha y que además de número tiene apodo de país. Por ahí cruza hacia el oriente, y toma la circunvalar —que parece descosida— hacia el sur. El paradero allá queda a cinco cuadras de la oficina. Él siempre compra algo antes de llegar y mientras lo compra me cuelga. Me he dado cuenta de que solo puede comprar o un jugo o un café, porque yo solo he visto una frutería y una cafetería cerca al paradero.
Digo que en los últimos meses mi ruta al trabajo se ha vuelto más larga en distancia y en tiempo porque se ha llenado de recovecos. Abandoné las diagonales porque él no las hace. Salgo de la portería y ahora, en lugar de girar a la izquierda, voy a la derecha, bajo por la calle del separador hasta su esquina y le compro un aguacate a Jorge y todos los días Jorge se pregunta por qué como tanto aguacate. Cuando no tengo nada que cumplir me quedo mirando el que creo que es su edificio intentando adivinar, basado en las fotos que él me manda, cuál es su cuarto, cuál es su apartamento o al menos en qué piso vive. He llegado a la conclusión de que vive en el tercero, porque desde la calle veo una persiana y él me contó un domingo que limpiar persianas era la actividad más desgraciada que uno podía hacer. No estoy seguro porque todavía no sé de qué color son las de él; las que veo son plateadas y brillan con el sol. Suele olvidárseme que estoy en la mitad del andén mirando el edificio y el portero me ha amenazado con la mirada varias veces; en nuestros barrios todo el mundo sospecha de todo el mundo. Cuando me canso de mirar, bajo a la Carrera Once y camino viendo lo que él ve por la ventana del bus.
Hay una óptica de gafas importadas y ahí compré el otro día unas oscuras, porque él debe de haber comprado las suyas ahí; paso por un mercado de verduras orgánicas y he decidido comprar todo ahí y no en el supermercado porque él ya me ha dicho que lo del supermercado tiene venenos; veo una panadería que se llama Nuestro Pan y pienso que no debería llamarse así, porque nunca hemos comido pan juntos. He caído en cuenta también de que hay muchos lugares de la Once que yo nunca había pisado con los pies, solo con llantas.
El otro día vi —y ya no en la Once— a un hombre que se bajaba de un taxi y tenía sus tenis. Me pareció raro que estuviera montando en taxi y me pareció más bajito de lo que me acordaba; pensé entonces que era su hermano, aunque no me hubiera hablado nunca de hermanos. Otra tarde vi que alguien hacía “hola” con la mano desde la ventanilla de un bus azul y decidí meterme a una droguería y apagar el celular con el pánico de que fuera él. Como nunca me dijo nada supuse que el “hola” era para alguien que estaba detrás mío. Otra tarde, a la hora de pasear los perros, vi un cuerpo con su gabardina negra y su capucha y al verme sin escapatoria decidí rendirme a un encuentro no planeado. Pero la silueta se quitó la capucha y resultó ser una mujer alta, entonces supe que era su mamá usando su chaqueta.
Se me perdió él en la ciudad, pero sus cosas las usa todo el mundo. Brilla ahora para mí lo que antes no veía.
Cojo uno de los anillos que tengo sobre la mesa, uno que se parece al mío favorito —que es el que perdí— y lo lanzo sobre la alfombra. Estoy atento para ver cómo rebota y cómo cae y cómo se hunde en la maraña de hilachas. No suena y rebota más de lo que esperaba. Me hago en la esquina del cuarto, al lado de la puerta, y veo todo el espacio, todo el tejido. Veo cómo se ve el anillo sobre ese fondo. Veo cómo brilla y que se confunde el plateado de la alfombra con el de la plata. Mis ojos ya tienen clara la imagen. Entiendo cómo se ve un anillo en la alfombra. Recorro el cuarto con los ojos, los hilos que van en un sentido y los que van en el otro, y lo encuentro al lado de la cama. El anillo perdido, tan obvio y brillante. Entonces sé que no podría volver a perder un anillo en esa alfombra.
Me lo pongo en el pulgar. En el recorrido desordenado que hago para salir de mi casa me pregunto si a él también le ha pasado. No que se le caiga un anillo —ni siquiera sé si los use—, sino si me le perdí yo en la ciudad como él se me había perdido a mí. Me dio risa imaginármelo buscándome, mirando hacia mi edificio mientras yo buscaba el anillo. ¿Qué pensarán sus amigos y su jefe? Ahora él llega temprano a todas partes porque camina por diagonales. Debe ver en todas las calles mi saco gris, en los parques mis tenis azules, en el ascensor del edificio a mis gatos negros. Se le debió olvidar cómo manejar. Se debe poner nervioso cuando ve en el bus manos gruesas con anillos en el pulgar. Está descubriendo esa mirada, la que tengo yo con él y con el anillo; con mis favoritos.
Él debe temer encontrarme mientras redibuja mis equis, pero ignora que yo ya no camino así, porque ando repasando sus pasos desordenados. No sabe que es imposible un encuentro y que entonces tememos lo imposible. Que he convertido la trama de su vida en la mía.
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