Querer ver


 

Danilo debió haberme leído la mente o debió verme el miedo en la cara. Se acercó entonces para decirme que ya llevaba una semana así, el cielo, y que eso era bueno porque el alga dejaba de crecer cuando no había sol. Que mientras esperábamos que pavimentaran el camino para que la volqueta pudiera subir desde el pueblo, era mejor que no siguiera creciendo porque después matarla iba a ser imposible. 

 Me había aterrorizado la desaparición de El Quinto. Así le dicen a la montaña que abraza la laguna de Ubaque. Cuando me bajé del carro vi el agua que ahora era negra y no verde, por las algas que habían crecido, y detrás vi la otra orilla coronada con un metro de la falda de la montaña. Lo demás era un telón gris estático que hacía que desde un ángulo el agua se viera blanca porque reflejaba el cielo. Alguien me había dicho que así era el cielo de Lima y que por eso allá comían a veces cebiche al desayuno; nunca sabían qué hora era. Ese panorama se extendía a lo ancho y en lugar de parecer una laguna con montaña, parecía una represa en una llanura. Me aterró sentirme desubicado y me aterró la planicie; la llanura intimida, la montaña invita.

Yo fui para empezar a diseñar una remodelación de la casa que tenemos y también para despedirme de mi padre, que había muerto en Bogotá pero todavía no allá: había ido hacía poco y la casa no se había abierto después de eso; no había entrado la noticia de su muerte. 

 

Nuestro lote es el primero alrededor de la laguna y se entra por un portón en servidumbre, que significa que para llegar a nuestra casa toca pasar por lo que es de los vecinos. Eso siempre me ha preocupado porque si algún día ellos se mueren en un accidente o si peleamos y se mueren para mí –y yo me muero para ellos–, no podremos volver a entrar el carro y entonces probablemente no podamos volver a Ubaque. No creo que se pueda ir caminando aunque quede muy cerca de Bogotá. 

            Para llegar toca atravesar un páramo, y en el páramo lo normal es que no pueda verse bien. El cielo es diferente al que borró El Quinto y al de Lima, porque en los páramos todo se mezcla con la neblina y las cosas se ven, pero no delineadas. El páramo queda dentro de un parque natural –quiere decir que está protegido– y los parques naturales tienen una entrada. Pero cuando uno sube la montaña desde Bogotá y maneja media hora, de repente se encuentra en el páramo y uno no se ha dado cuenta en dónde empieza o cuándo entró. Y claro, tampoco en dónde acaba. La entrada al páramo tampoco está delineada y a mí me gustaría poderla ver solo para decir: «En este momento estamos entrando en el páramo Matarredonda». ¿Cómo se sabe cuando uno entró al páramo y cómo se sabe cuando uno entró a nuestro pedazo de tierra?

 

Parqueé el carro donde quise, porque no hay unas líneas que indiquen la zona de parqueo, y bajé la bolsa de papel en la que llevé la comida para lo que durara la estancia. No llevé ropa. Dentro de la casa seguí con el letargo que traía desde el entierro, desde hacía dos semanas, que no era tristeza y que era el mismo que tenía el cielo en Ubaque hacía una. Supe pronto que en los días que estuviera allí no iba a hacer nada y para sentir que el viaje había valido la pena hice un levantamiento de la casa.

Se le dice así a dibujar la planta de una construcción en una hoja, levantarla de donde está construida para ponerla a escala en el papel. Es un cuadrado de cinco por cinco metros dividido en cuatro partes iguales. En el papel se ve como una cruz inscrita en un cuadrado que forma cuatro cuadrados más pequeños. Se entra por el de la esquina inferior derecha, que es la sala y es también el comedor y que puede ser también un cuarto; el cuadrado de la esquina superior derecha está dividido en dos: una mitad es el baño y la otra es la cocina, que tiene una puerta para salir; en la esquina superior izquierda hay un cuarto con dos camas, y en la inferior del mismo lado hay un cuarto con una cama doble en donde me acosté con el dibujo mediocre en la mano. Por la ventana no se veía El Quinto y entonces tampoco se veía la cruz que tenía en la cima, que yo había visto cuando niño valiéndome de unos binóculos. Me preguntaba siempre para qué una cruz encima de una montaña si eso no era un cementerio ni una iglesia.

Pensé en que el frente de una casa es por donde se entra, y que esta tenía dos entradas, dos puertas, pero que era irrefutable que el frente era el que miraba hacia la montaña, porque esa montaña tan alta no podía ser el atrás de nada. Entonces pensé que todas las casas de la laguna debían tener la puerta principal de cara a El Quinto; debía de ser la única regla de orden que regía a ese municipio, aunque no estuviera escrita en ningún lado, aunque no se viera. 

Mi padre había dejado también una regla de orden invisible al interior de la casa. Cuando entré vi que seguían sobre el piso de gres las montañas de libros amarillentos que enchapaban las paredes como un zócalo y que no se clasificaban según nada: ni por el nombre del autor, ni por el color de la portada, ni por el tema, ni por la editorial, ni por el país, ni por el número de páginas, pero que él entendía. Si necesitaba un libro sabía a qué montaña dirigirse y a qué altura debía de estar. Me dio envidia darme cuenta de que no podría ver ese orden nunca y me cubrí con una sábana blancuzca que no pude distinguir si estaba fría o húmeda.

Bajo la sábana la luz era blanca e inmutable, como la de Lima y la de afuera, y pensé en el poder de las sábanas para cubrir y para engañar; no son útiles y son solo un umbral entre el cuerpo y el colchón. Recordé el juego que había inventado cuando niño para los sábados en la casa de mi abuela paterna. Mientras servían el puchero, yo corría en el patio de ropas entre todo tipo de telas que esperaban en el tendedero para secarse. Pasaba de una toalla habana a una sábana gris a un limpión blanco a otra sábana hueso a un edredón pálido, como si fueran cortinas, y sentía que el cuarto era infinito; nunca me estrellé contra una pared. Tal vez siempre corrí en círculos, pero me gustaba sentirme desubicado e impotente. Las sábanas convertían el cuarto en una planicie que no se acababa.

 

El blanco de la sábana que cubría El Quinto se convirtió en negro. Yo, que seguía debajo de la que me cubría a mí, no me molesté en pararme y dormí hasta el día siguiente, que habría podido ser el anterior o el de después, porque el cielo siguió igual. No supe a qué horas me levanté y puede que en vez de huevos haya desayunado remolacha hervida; descubrí que es un buen desayuno. La herví, la pelé y me la comí con aceite de oliva y sal sobre un pan de centeno gris. Noté que el pan era del mismo color que el mantel de plástico y que el mantel de plástico apenas podía diferenciarse del plato color crema. Al lado del salero, que tenía granos de arroz para absorber la humedad, había una botella de vidrio que servía como florero para una flor de cera que, ya muerta, era marrón, color óxido, y no rosada como las que estaban vivas afuera. La remolacha sobresalía. Me pareció más linda la flor así, porque supe que ese era su estado final, que no iba a cambiar más y pensé que por eso debía de morir el alga de la laguna y que por eso le había dicho un día a alguien que era hora de que mi padre muriera.

            Los últimos momentos antes de la muerte son algo que tampoco se ve, así como tampoco se ven los comienzos ni los órdenes. La de mi padre llevaba buscando fecha hacía tres años y en esos tres años celebramos la Navidad, su cumpleaños, el mío y el de mi hermano, diciendo que sería el último con él. Pero el último llegó un día de eclipse y fue eso lo único que pudo verse ese día, porque de eso se tratan los eclipses: se ve, no se ve y se vuelve a ver. Lo habían internado en la clínica hacía una semana y, aunque en Bogotá estábamos en pleno verano –que significa que el cielo estaba azul–, dentro de la clínica la luz parecía filtrada por muchas sábanas. Yo supe que con esa luz no se podía morir en paz y que cuando yo muriera quería tener luces cálidas, como las del fuego de la cremación.

            Después de ver la muerte es difícil volver a ver la belleza en las cosas vivas. 

La muerte de mi padre fue tranquila porque estábamos esperándola. Estuve solo yo adentro del cuarto, con una única luz encendida, y mientras esperaba y recordaba, me detuve en su respiración, que sería la única manera de saber en qué momento dejaba de estar vivo. Pensé haberlo oído decir algo y entonces me di cuenta de que su forma de respirar tenía el ritmo de las palabras. Había bocanadas de aire que duraban lo que uno se demoraría en decir invernadero y había otras que eran tan largas como decir sol. Las escribí todas hasta que llegó la última y yo entendí por qué la gente al morir descansaba; los segundos previos son agotadores. 

 

Yo en cambio no descansé en los días que estuve en Ubaque, aunque solo estuve tendido en la cama y aunque solo hice un dibujo mediocre; despedirse cansa. Cuando se acabó el café, esta mañana, decidí volver a Bogotá. De salida le dije adiós a Danilo, que me avisara cuando la volqueta pudiera subir. Acomodé irresponsablemente las lunas de los espejos laterales para ver hacia arriba y no hacia la parte de atrás de la carretera. Antes de que la laguna desapareciera detuve el carro. El cielo comenzaba a agujerearse y vi la cima de la montaña. Recordé la cruz que había arriba. Esa es su tumba. 

 

 

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