Vuelve

Vuelve

 

—Bájalo de ahí que quiero tocarte. 

Ema dejó que el gato le masajeara el pecho unos minutos más y después lo empujó al piso de mala gana. Seguía mirando la revista. El gato se escabulló como líquido. Me puse encima, como siempre, y bajé hasta la ingle. Cinco minutos ahí y empezó a sudar. Un día me dijo que ya no le gustaba que la penetrara, que le excitaba que le chupara ahí, y señaló la ingle, y yo le dije que estaba bien, que no hacía falta. Ese día cada uno puso sus necesidades sobre la mesa, y desde entonces he seguido sus instrucciones. La mala gana con la que bajó al gato no tenía que ver con el placer de ella, sino con el mío: nunca me hace venir. Nuestro sexo busca solo el orgasmo. Ella no ha dejado de estar incómoda desde que le dije que me tocara con fuerza ahí, entre el pene y el ano: le dije que siguiera la línea que parece cicatriz y que cose el lado derecho con el izquierdo. Siempre pasa lo mismo: ella se viene, intenta hacerme venir y cuando no puedo se desespera y se para a orinar; yo acabo solo. Esa noche no cambió nada: volvió a la cama desocupada, y yo ya tenía el pecho limpio y la luz apagada porque al otro día me iba temprano. 

 

El Rosal queda cerca y yo salí de la casa antes de que saliera el sol.

—Voy en el peaje, Efraín. Lo llamo cuando esté más cerca para que me diga en dónde nos vemos.

Paré a tomar colada de avena fría. La sirven en vasos de cuero, difíciles de limpiar, que saben a cuero sucio y viejo, sudado y ácido. Desde pequeño he ocultado que me gusta más ese sabor que el de la avena dulce. 

Efraín me acompañó al establo para ver los caballos, y me llevó a un corral alejado en donde tenía al nuevo pura sangre que yo había comprado. La figura del nuevo semental era igual a la de los otros siete del establo, pero tenía más carne, más área. Me impresionó cuánto músculo. Cuánto abarcaba y cómo brillaba al sol. Me le acerqué de lado, por la cara de más área. Lo toqué de atrás hacia adelante e intenté conocer su grandeza: las patas largas, el abdomen de arco, y al seguir la crin encontré la cara. Todo era rígido; un cuerpo duro como tronco.

—¿Puede ensillarlo mientras dejo en la casa la comida que traje?

Efraín me dijo que sí y se lo llevó. En la casa yo repasé los libros viejos de equitación: cesiones, salto, posición, rebote, riendas, sillín, estribo. 

 

Desde la ventana vi al caballo acercarse a la casa. Era tan grande que Efraín quedaba oculto tras la pata; me extrañó pensar que venía a buscarme solo. Decidí que se llamaría Arce. Venía a ser gobernado. Afuera encajé las ingles sobre el sillín y los pies en los estribos. Lo que empezó a paso lento terminó en un galope que nos llevó tan lejos que la casa desapareció. Era un galope recién descubierto, como si ese animal tuviera más fuerza que todos los otros en los que me había montado. La dureza del cuerpo se oponía a la suavidad de la crin, un pelo de pincel más suave que el de mi gato. El cielo no tenía nubes y el sol nos calentaba y nos hacía sudar. Olíamos. Cuando niño me habían enseñado: «Pon el peso del cuerpo en el medio, en una línea imaginaria que te corta en dos. Entrega las caderas al movimiento brusco del caballo; adelante y arriba, atrás y abajo». Galopamos hasta que anocheció y tuve que llevarlo al corral, porque Efraín se había dormido. 

La actividad se repitió cinco días. Cada noche, al amarrarlo a la estaca, Arce se retorcía con suavidad. Se fregaba contra el palo. Pasábamos la tarde entre golpes y brusquedad y la noche lo transformaba en líquido, en curvas. El frío lo enroscaba para buscar los rastros del calor que expelíamos horas antes.

 

—Mañana vuelvo. Ya me hace falta lamerte. ¿Me piensas? Dime si te pasas el dedo por la boca y después te tocas la pierna, el pliegue, y piensas en mi lengua. 

Ema me dijo que sí, que eso hacía, pero que un dedo no era lo mismo que una lengua; vuelve. 

Pasé el día en un predio vecino que estaba a la venta. El sol no había dado tregua y en la camisa holgada aparecieron manchas saladas que me deshidrataron y me tumbaron en una duermevela de horas. La luz de afuera me despertó y cuando salí descubrí que era de la luna. Fui al corral en donde estaba Arce, que no estaba enroscado sino parado como el primer día. No se veían más luces alrededor. Era una sombra. Salté la verja y lo abordé de frente, mirándolo a los ojos. Me reconoció y mantuvo la mirada que era solo pupila. Se había ablandado, había soltado la rigidez de los músculos que yo había sentido al galopar. Era un cuerpo diferente pero del mismo tamaño. Con una venia se dejó caer al suelo y dejó las patas traseras más levantadas. Yo me agaché para hacerme a su lado y subí una pierna sobre el cuello que estaba abullonado y sin estructura. 

—Te gusta que vuelva, ¿no? Me extrañas.

Le tocaba la crin y se movía, se retorcía con suavidad. Maullaba. Los cascos hundían el suelo. Las garras raspaban la tierra. Relinchaba. Sobre el lomo empecé a moverme de adelante hacia atrás, de arriba a abajo; quería refregar más área. Él agradecía mi movimiento. Sacó la lengua negra y se lamió: bañó la crin y las patas delanteras; se probó. Después a mí: la mano, el brazo, la cara de un lengüetazo carrasposo y húmedo. Después yo: el muslo redondo por donde escurría el sudor, haciendo líneas para probarlo todo: me cubrí la lengua de pelos. Sabía a cuero viejo y sucio; sudor dulce. Se tendió de lado, se convirtió en su sombra. Quise sentirlo debajo y me ensillé en su pierna, que era más que mi cuerpo, y le pasé todo mi peso. Apreté los muslos con la pierna en el medio. Lo cepillé con mi piel y me hundí en su blandura; yo era lo duro. Lo vi mover la cola con lentitud; era felino. La enroscaba mientras yo refregaba mi cara en su cuello. Fui hacia atrás y me atraganté con la cola que era de vértebras cubiertas de carne y de pelos. Se pegaban en el paladar, me los tragaba, me los quitaba con el índice y el pulgar, y después agrandaba la mano para tocarlo todo: él me gobernaba; mi masa era suya.

—¿Qué eres?

Al poner mi oreja sobre su cuello oí un motor interno encenderse. Con cada movimiento que yo hacía se acentuaba, se ponía en marcha; iba a arrancar. Mis movimientos se aceleraron y los de él se volvieron lentos y más curvos, más fluidos. Esa era su marcha. Horas de masaje, de liquidez, y yo acabé tumbado en el pasto a su lado, como un feto techado por sus cuatro patas, de cara a su abdomen. Los dos mojados. El pasto seco y caliente.

           

Antes de que saliera el sol regresé a la finca y me metí a la ducha caliente que hizo subir el olor a almizcle, a crin, a sudor, a cuero y que me endureció lo que duró el baño. Salí y me unté un perfume que encontré en la gaveta y fui a buscar a Efraín. 

            —¿Cuánta leche vendimos este mes?

            Me entregó una lista mal escrita y le dije que la próxima vez escribiera más claro. Me preguntó entonces qué había opinado del semental y del lote vecino.

            —Le puse Arce y es incomparable a los otros. Tiene que cuidarlo. Sobra decir que nadie más puede montarlo; lo dañan y es mío.

            Ignoré la pregunta del lote en venta y él me dijo que me fuera tranquilo. Se quedó parado frente al portón mientras yo me alejaba con las ventanas abiertas. Afuera: sol.

 

Llegué al final de la tarde y encontré a Ema sobre el sofá con el gato masajeándole la barriga y ronroneando. Primero una garra, luego la otra: arriba y abajo. Las hundía en lo blando de la barriga y de las tetas. Una marcha lenta y en el sitio. Lo empujé y se refregó en mi pierna dejando pelos como huella. Me monté encima de Ema y le lamí los labios a lo largo. Se despertó confundida. Encorvé la espalda e intenté probarla toda; con la lengua tracé una línea imaginaria que la cortaba en dos. Sudaba. Antes de soltar la pretina la miré y nos sostuvimos por más de un minuto.

            —Volví. 

           

 

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